La imprenta y la iglesia católica



El hombre ha sentido desde siempre la necesidad de conservar, tanto en la memoria colectica como en la individual, todo tipo de información para dejarla a las generaciones venideras, utilizando diferentes maneras para la transmisión; así ha tenido que encontrar la manera material de comunicarlas, desde las paredes de las cuevas, pasando por arcillas, pieles, telas, papiro o pergamino entre otros muchos.

Es a mediados del siglo XV cuando comienza a progresar en este campo de la transmisión de sus ideas y arte al llegar la invención de la imprenta. Un invento que transformó a la humanidad a finales de la Edad Media, consiguiendo abrir un nuevo mundo de posibilidades para la conservación del pensamiento escrito, la enorme difusión del invento proporcionaba ponerlos al alcance de toda la humanidad.

La imprenta, y de esto no cabe la menor duda, tiene sus inicios en China en el siglo IX, ya que en aquel lugar y tiempo se grababan planchas de madera con páginas enteras de texto, sin embargo la idea no traspasó los lindes del imperio chino. Esta técnica, llamado xilografia que viene del griego xulon (madera) y graphé (escritura) fue inventada y desarrollada en China en 549 a.C, y consiste en rebajar en un bloque de madera una combinación de letras o figuras, que luego se entinta y se aplica directo al papel, recibiendo la presión de una prensa plana. Esta técnica llegó tarde a Occidente, de la primera impresión de la que se tiene conocimiento es el Centurión y los dos soldados en 1370, hallado en la abadía de Le Ferte-sur-Grosne.

Es siglos más tarde cuando Johann Gutenberg, de Maguncia, al inventar para la imprenta los caracteres móviles, la difusión de la imprenta tomó un giro impresionante. La rapidez de su difusión tuvo un impacto drástico sobre la historia de esa época. La iglesia católica, el poder mayor en aquellos tiempos, prohibió fueran impresos y difundidos libros religiosos anónimos, salvo que antes debieran pasaran por su control y examen y aprobados, publicando un índice de todos ellos. La impresión o publicación de cualquiera de los mismos constituía herejía, significaba predicar contra la iglesia y podía castigarse con la muerte.

En ese índice fueron incluidos también aquellos otros considerados por la iglesia como difusión de nuevas ideas religiosas o bien que podían favorecer a que la gente cuestionara sus enseñanzas.