El libro

04.02.2018

El libro es el palacio del espíritu. Abrir sus hojas es como levantar la tapa de los cofres de Darío, con él llega a nosotros una nueva riqueza e infla nuestro espíritu de sensaciones maravillosas. El libro es el alivio de nuestra congoja; el aguijamiento de nuestro espíritu; el acicate de nuestros sentidos; el aldabonazo dado a nuestra sensibilidad para que despierte; el archivo de las grandes acciones; la pintura fisonómica de los hombres y mujeres extraordinarios; la áurea vasija donde la Humanidad vuelca sus grandes y eternas ideas.

En él, ya pequeño o grande, están encerradas una porción de aventuras espirituales. Aquí, en sus páginas, duermen las mariposas inmortales del ideal, el enjembre magnífico que llena de oro nuestra fantasía, la llave que abre todos los caminos del ensueño.

En los subterráneos de nuestra conciencia duermen muchos deseos humanos y justos que son descubiertos por el milagro de la palabra escrita.

¿Por qué conocemos las gestas magníficas de los grandes capitanes, las vidas luminosas de los sabios, los misteriosos secretos de la Naturaleza, los insondables abismos del espíritu, el genio y el valor de nuestros antepasados? Por los libros. Ellos son lo más grande y lo más noble porque encierran el espíritu del ser humano. Por ellos podemos sostener, a través de los siglos, un diálogo eterno con los grandes pensadores, evocar los fantasmas de otras épocas, sentir revolotear junto a nosotros las criaturas creadas por la fantasía.

¿Queremos reconstruir la Grecia de los tiempos heroicos? Ahí están los poemas de Homero. ¿Queremos oír las súplicas de los senadores romanos en días turburlentos en el imperio, los gritos de los tribunos y las pisadas amenazadoras de los soldados de Tigelino? ¿Queremos saber la grandeza de corazón de Cornelia, la fortaleza de Porcia, la impureza de Lamia, y la agudeza, coquetería y liviandad de Cleopatra? Ahí están los libros de Plutarco.